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Yo no se exactamente
cuándo empezó todo, pero fue allá por 1991.
Mi historia no es tan dramática como la mayoría
de las que he escuchado, yo no perdí muchas cosas materiales,
quizas porque no tenía muchas cosas materiales para perder,
pero perdí un par de cosas que, para mí, son más
importantes: mi autoconfianza, mi autoestima.
A medida que el tiempo pasaba las cosas iban empeorando. Así,
para marzo de 1999, yo estaba totalmente decidida a suicidarme.
Tenía todo absolutamente planeado, cómo hacerlo,
qué cartas dejar, etc. Lo peor es que me iba a llevar a
mis hijos conmigo porque sentía que nadie en el mundo los
iba a cuidar bien.
Para ese entonces ellos se habían convertido
en auténticos fans de los Bee Gees y yo les estaba preparando,
como sorpresa, una carpeta con información sobre la banda.
Entonces, el 21 de marzo de 1999, yo estaba sola en mi casa, leyendo
algunas páginas que iba a incluir en la carpeta, cuando
me encontré con la historia de Maurice Gibb. Miré
el vaso que tenía delante y me dije: "Si Maurice Gibb
puede decir que no, yo puedo decir que no", y nunca más
volví a tomar. Así comencé a transitar el
sendero de la recuperación. Al principio era "un minuto
a la vez", "una hora a la vez", "un día
a la vez". De este modo él empezó a ayudarme
sin saberlo.
Como mis chicos tenían desesperación
por conocer a los Bee Gees, elaboramos el proyecto de venir a
Miami. Yo sabía que los traía a ver a los Bee Gees,
pero yo venía a ver a Maurice. Y así sucedió.
Le conté mi historia y, desde entonces, se estableció
una relación muy especial entre nosotros.
El siempre se
preocupaba por saber cómo andaban mis cosas, si necesitaba
algo. Hasta que, en enero del 2002, caí en una crisis y
llegó un día en el que yo estaba segura de que, si no recibia
ayuda ya, en unas horas más iba a volver a tomar. Entonces
fui a ver a Maurice y le dije: "Esto es serio, estoy en un
punto de retorno y no quiero volver atrás, necesito ayuda".
Mi hija Tamara, sin que yo lo supiera, fue a decirle: "Por
favor, ayudá a mi mamá, estoy muy preocupada por
ella". ¿Qué hizo Mo?: Me invitó a integrarme
a su grupo de A.A. y me esperó allí esa misma noche.
Desde ese entonces tuve la suerte y la dicha de verlo todas las
noches y de compartir con él maravillosos momentos de charlas
y confidencias.
Siempre le dije que él era "mi ángel
guardián", y lo es. Porque estuvo ahí para
mí el día que llegue a A.A. y porque siempre estaba
para mí, preguntándome cómo estaba y dándome
consejos. El es, sin dudas, "Mi ángel guardián'.
Tuve el honor de escuchar de sus labios que me consideraba "su
amiga" y de ganarme un lugarcito en su corazón. Por
eso hoy, para mí, el dolor es infinito e inconmensurable.
El día de su fallecimiento, hablé frente a nuestro
grupo de A.A. y le rendí mi humilde homenaje. Fue durísimo
no verlo entrar, como cada noche (porque nunca faltaba, estuvo
en Navidad, en Año Nuevo, hasta el mismo 7 de enero, cuando
ya estaba con dolores, fue a la reunión) pero allí
estuve. Esta también es mi manera de honrarlo, siguiendo
adelante, haciendo lo que él me pediría que hiciera.
Extrañaremos todos su sonrisa y su saludo siempre tan cariñoso.
Me siento bendecida y agradecida a la vida por haber tenido la
oportunidad de compartir casi todos los días de su último
año de vida, estar a su lado en su cumpleaños y
en las fiestas, recibir su apoyo permanente y sus sabios consejos.
Más allá de un gran músico, Mo era un ser humano
excelente y no todos lo sabían. Por eso quiero hacer pública
ésta, mi historia, como ejemplo de las cosas que él
hacía permanentemente en su eterno afán por ayudar
a todo el mundo. |
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